El estruendo del acero contra el acero y los gritos de hombres moribundos eran la única música que Vannin consideraba digna de escuchar. Sobre su cabeza, un séquito de cuervos y aves carroñeras volaban en círculos, no sobre el campo de batalla en general, sino directamente sobre él. Habían aprendido que por donde él caminaba, el festín de cuerpos estaba garantizado. Vannin inhaló profundamente, paladeando el aire. El espeso humo de las piras y el olor metálico de la sangre.
«Este aire...», pensó para sí mismo. «El único perfume que vale la pena respirar.»
A su alrededor, el asedio al castillo de Krops era una vorágine de caos y violencia. Estandartes de un intenso color verde se mezclaban con el rojo carmesí de los defensores en una danza brutal, pero él se movía a través de todo ello con una calma antinatural, como el ojo de un huracán.
Sus botas de cuero oscuro chapoteaban en charcos que no eran de lluvia. Se detuvo un instante, sintiendo la textura del fango bajo su calzado.
«El barro de sangre se aferra de una forma distinta», reflexionó. «Tiene más peso. Más... sustancia.»
Cualquiera que lo hubiese visto, con su túnica negra ondeando suavemente entre la masacre, habría pensado que era indiferente al horror. No podían estar más equivocados. Una sonrisa torcida, llena de desdén, se dibujaba en sus labios. No era indiferencia lo que sentía, sino un profundo y predatorio deleite. El poder zumbaba en sus venas, una vibración que armonizaba con la sinfonía de la guerra. Su objetivo era claro, un faro en medio de la tormenta: el general Antoant Seremi. Un cabo suelto en un contrato que estaba ansioso por cerrar.
Al doblar la esquina de lo que quedaba de una armería en llamas, un grupo de soldados de estandarte verde, con los rostros cubiertos de hollín y euforia, terminaron de rematar a un defensor.
«Moscas», pensó Vannin, observando su breve euforia. «Acuden a la carroña y creen que son leones.»
Sus ojos se posaron en la figura solitaria de Vannin. Al instante, la alegría de la victoria se trocó en suspicacia. Levantaron sus espadas, las puntas goteando sangre fresca, y uno de ellos gritó una advertencia a sus compañeros.
Vannin se detuvo, mirándolos con el aburrimiento de un dios observando a unos insectos.
—Puedo ignorarlos —dijo, su voz tranquila pero con un eco de tumba—. Pero si avanzan un paso más, se convertirán en parte de mis filas.
El líder del grupo soltó una carcajada ronca.
—Mala elección de palabras, hechicero. Hoy vas a mor…
La frase quedó ahogada. Con un gesto displicente, Vannin alzó su mano derecha. Los soldados se llevaron las manos al cuello, sus ojos desorbitados por el pánico mientras luchaban contra una presión invisible que les robaba el aire. Se oyeron gorgoteos ahogados y el inútil rasgar de uñas contra la propia piel. Uno a uno, cayeron de rodillas y luego se desplomaron en el fango, sus cuerpos convulsionando hasta quedar inertes.
«Patético. Ni siquiera ofrecen un desafío.»
Vannin no bajó la mano. La mantuvo en el aire unos segundos más, observando los cuerpos inmóviles. La pulcritud era la marca de un verdadero artesano. Solo entonces continuó su camino.
Atravesó las ruinas de lo que había sido un bullicioso mercado. Ahora solo quedaban puestos destrozados y mercancía pisoteada entre los muertos. En medio del caos, un soldado con el estandarte rojo de su propio bando corrió hacia él, con el rostro enrojecido por el esfuerzo y la ira. «La audacia de los peones...», pensó Vannin con fastidio.
—¡Escucha, mago! —le espetó, sin aliento—. ¡El rey te contrató para asegurar la victoria, no para dar paseos mientras mis hombres mueren!
Vannin se detuvo y se giró, apareciendo a centímetros de su rostro en un desplazamiento antinatural.
«Tu voz me irrita.»
—Creo que serás más útil si solo obedeces —susurró Vannin.
Extendió una mano que, bajo la luz parpadeante de los incendios, pareció perder la carne, volviéndose la de un esqueleto nudoso y amarillento. Tocó el peto del soldado. La vida se desvaneció de sus ojos como el humo de una vela apagada, y se derrumbó en el suelo, muerto antes de tocarlo.
«Tu silencio me servirá mejor.»
Finalmente, llegó a la gran plaza frente al palacio. Cientos de soldados de verde custodiaban la entrada, sus armaduras manchadas con la sangre de los defensores caídos. En la terraza superior, Antoant Seremi sujetaba al rey Julián Porcel por el cuello de su túnica real. El terror en los ojos del rey era visible incluso desde esa distancia. Los pocos guardias leales que quedaban yacían sometidos en el suelo.
Vannin emergió de las sombras de un callejón, disfrutando del silencio que su presencia imponía.
—¡Vannin! —gritó el rey, casi un sollozo—. ¡Recuerda nuestro trato! ¡Solo tiene validez si yo vivo!
«Grita como si la vida fuera suya para conservarla», pensó Vannin con frialdad. «Cree que el trato lo protege. Los mortales y sus pequeños papeles...»
Antoant Seremi siguió la mirada del rey y vio a Vannin. Una mueca de desprecio curvó sus labios. Alzó su espada para degollar a su rehén, pero su mano se encontró vacía. Miró su puño, confundido. Aprovechando el momento de distracción, el rey se liberó e intentó correr, pero Seremi, recuperándose con un rugido de furia, lo empujó con violencia por el borde de la terraza.
Un grito ahogado resonó mientras el rey caía, logrando aferrarse en el último segundo al alféizar de una ventana inferior, quedando suspendido peligrosamente. «Idiota», pensó Vannin, no refiriéndose al rey, sino a Seremi. «Casi arruina mi inversión.»
La espada de Seremi apareció en la mano de Vannin.
—Lamento no poder darte otra alternativa —dijo, su voz proyectándose con una claridad helada—. Pero necesito el dinero.
—¡Idiota! —rugió Seremi, señalando a sus hombres—. ¡Te superamos cien a uno!
«Me llama idiota, a mí», saboreó Vannin el pensamiento. «A la fuerza que deshará sus huesos y los volverá a tejer a mi antojo. La ironía es deliciosa.»
—Te equivocas —replicó Vannin, levantando su otra mano lentamente—. Nosotros… somos más.
En el instante en que su mano alcanzó la altura de su hombro, un silencio antinatural cayó sobre la plaza, devorando los gritos y el choque del acero. Un zumbido bajo y gutural comenzó a vibrar a través del suelo de piedra y el fango, como el gemido de la tierra misma.
Los cuervos y buitres que se daban un festín con los caídos detuvieron su carnicería. Graznaron, confundidos. Uno de ellos, con el ojo de un capitán en el pico, lo soltó cuando el cadáver bajo sus garras se estremeció. Con un graznido colectivo de pánico antinatural, toda la bandada de aves carroñeras explotó hacia el cielo, huyendo de un festín que, inexplicablemente, había vuelto a la vida.
En el silencio que dejaron, el primer movimiento fue casi imperceptible: un solo dedo, tieso y cubierto de barro, se contrajo en el suelo. Luego otro. Una mano pálida emergió lentamente de un charco de sangre, con los dedos crispados. Una cabeza se giró con un audible chasquido de vértebras, y las cuencas vacías de un soldado de estandarte verde se fijaron en su compañero vivo más cercano.
El gemido se convirtió en un coro resonante. Las manos de los muertos —verdes y rojos por igual— emergieron de la tierra y del fango. Cuerpos rotos se pusieron en pie con una sinfonía de crujidos de huesos, el chasquido de articulaciones dislocadas volviendo a su sitio y el chirrido de metal oxidado. Algunos avanzaban arrastrando miembros rotos, otros caminaban con la cabeza colgando en ángulos imposibles, moviéndose con la espasmódica y terrible rapidez de marionetas cuyos hilos fueran tirados desde el infierno. Y, sin orden alguna, pero con un propósito singular y terrible, se lanzaron sobre los soldados vivos.
Vannin sintió el poder recorrerlo, una sinfonía de decadencia que solo él podía dirigir. Se impulsó hacia adelante, dejando tras de sí una estela de humo negro, y apareció en la terraza. No hubo monólogo. Vannin simplemente blandió la espada y le separó la cabeza del cuerpo. La cabeza rodó por el mármol, cayendo por el borde. «Un cabo suelto menos.»
Se asomó hacia el alféizar y, tras recitar unas palabras de poder, hizo levitar al rey de vuelta a la terraza.
—Voy a terminar esta guerra —dijo Vannin, imperturbable—. Pero el precio ahora es el doble. El necio de Seremi elevó el nivel del trabajo. Es justo que la paga también se eleve.
—¡Está bien, está bien! —chilló el rey—. ¡Lo que quieras, pero apresúrate!
Vannin asintió, preparándose para dar la orden final a su ejército. Pero justo cuando la energía oscura comenzaba a arremolinarse en sus dedos, una sensación extraña cortó el aire.
«Vaya. Un verdadero artífice.»
Sus ojos se fijaron en una figura en una torre de asedio. Un hechicero, envuelto en túnicas rojas, canalizando un poder corrupto.
«Esto se pone... interesante.»
El hechicero enemigo lanzó su ataque. Una esfera de energía violácea que se estrelló contra el palacio en una explosión de magia detonada. Vannin vio un enorme trozo de cornisa caer directamente hacia el rey.
«No morirás», pensó Vannin con una frialdad posesiva, «hasta que tu oro esté en mi mano, pequeña rata coronada.»
Reaccionó, empujando al rey fuera del camino pero quedando él mismo bajo la sombra que caía. Recitó un hechizo de desviación apresurado, pero el escombro, cargado con la magia enemiga, le golpeó la cabeza con una fuerza brutal.
El mundo giró. El sonido se convirtió en un zumbido.
—¿Estás bien? —oyó preguntar al rey. —¡Reacciona, Vannin, o estamos muertos!
El nigromante parpadeó, mirando al hombre que le gritaba. La arrogancia, el poder, el deleite... todo se había desvanecido, reemplazado por un vacío total.
—¿Quién es Vannin? —preguntó.
Y entonces, todo se volvió negro.
Fred despertó con una punzada de dolor agudo en la sien. La suave luz de la mañana se filtraba por las persianas y a su lado, su esposa, Clara, dormía plácidamente. El sueño había sido extrañísimo, más vívido de lo normal. Miró el despertador: las 7:15. Iba tarde. Tenía que enviar unas funciones de código antes de la reunión de las nueve.
Se levantó de la cama a toda prisa, con la cabeza todavía palpitando. Se dirigió directamente al baño, frotándose los ojos. Abrió el grifo para echarse agua en la cara y fue entonces cuando se vio en el espejo.
Se quedó helado.
Justo en su sien derecha, allí donde la piedra le había golpeado en su sueño, tenía el cabello apelmazado con sangre seca. Una herida oscura y real marcaba su piel, un recuerdo imposible de una batalla que nunca había ocurrido.